Flores de saúco
Tras cierta resistencia, consiguió abrir el enorme portal de madera maciza. Se sumergió en el frío interior de la masía, medio en la penumbra, pese a las pequeñas velas que iluminaban la estancia. Margarita se abrazó a sí misma para entrar en calor, cargando con su bolsa todos sus enseres medicinales.
—Hace mucho rato que te mandamos a buscar —la voz del señor de la casa llegó antes que él, acompañado de un sirviente.
—¿Dónde está?
El sirviente encabezó el camino, mientras el señor esperaba que Margarita les avanzara. No iban a dejarla sola, estaba acostumbrada a la desconfianza. Sin más sonido que el repiqueteo de los zuecos de madera de Margarita y algún lamento lejano, se dirigieron a su destino.
El aire viciado de la habitación se pegaba a la piel, una mezcla densa de cera, humo rancio y el inconfundible hedor de la fiebre. Margarita supo que habían quemado pieles de animales, azufre y diferentes hierbas para intentar eliminar la enfermedad del aire. Las ventanas estaban cerradas y la chimenea proyectaba unas luces angustiantes.
El niño yacía inerte en una cama alta de madera, con cortinas de terciopelo colgando del dosel, cubierto con mantas bordadas con motivos religiosos. La madre lloraba al lado, con un rosario en la mano, aferrándose con más fuerza a él tras la llegada de Margarita. La piel del crío estaba manchada y brillaba por el sudor. También él, en medio del trance febril, era ajeno a todo.
Margarita le palpó la frente, que ardió al tacto. Escuchó su respiración, agitada y débil. Empezó a buscar diferentes objetos en su bolsa y en los bolsillos del delantal. Flores secas de saúco para bajarle la fiebre. Hojas de artemisa para fortalecerle. Tomillo para la infección. No era el primer caso del pueblo que atendía en ese estado, pero temía llegar tarde.
—Deberíais haberme avisado antes —se lamentó en voz alta sin pensarlo. Pareció que la señora de la casa volvía a la realidad.
—Llamamos a los médicos, como hace la gente decente —espetó con desprecio hacia Margarita, zarandeando el rosario con una mano temblorosa, antes de voltearse hacia su marido—. No deberíamos confiar en curanderas del campo que creen saber más que ellos.
—Entonces seguid sus consejos —Margarita sostuvo su mirada—. Y deberíais avisar al párroco. Vuestro hijo no verá el amanecer.
La furia estalló. Sus plantas y hierbas ardieron en el fuego. Alguien escupió en el suelo. Deshicieron todo el camino entre insultos y empujones.
La puerta se cerró tras un golpe seco.
Margarita recogió su bolsa del suelo, con manos temblorosas por la indignación, y se sacudió su falda. No había dado ni dos pasos cuando un aullido lejano rasgó la noche como un cuchillo contra una piedra.
—¡Detenedla!
—¡Nos ha traído la muerte!
—¡Bruja!
La muerte ya había hablado y, con ella, había sellado su propio destino.
Margarita sonrió con amargura: sabía que no era la primera, ni sería la última. Las mujeres que sabían demasiado, acababan siempre igual.