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Alma de trigo Vanessa Santiago Viudez. Premio en castellano, categoría de adultos. https://www.rubi.cat/@@site-logo/ajuntament-de-rubi.png

Alma de trigo

Vanessa Santiago Viudez. Premio en castellano, categoría de adultos.

Ella. La que vivió en ese pequeño pueblo andaluz rodeado de montañas, donde el sol acariciaba los campos de trigo y el viento susurraba antiguas leyendas. La que sentía siempre en su corazón el llamado de la igualdad. La que pasó su vida en aquel rincón del mundo, donde las tradiciones pesaban más que el deseo de cambio. Sus comadres, vecinas y amigas, eran relegadas a roles domésticos y limitadas en sus aspiraciones, pero Ella, la palitroca, se negó a aceptar ese destino predestinado y decidió escribir su propia historia. Con valentía y determinación, y a escondidas, se sumergió en los libros buscando conocimiento y sabiduría para fortalecer su espíritu y desafiar las expectativas impuestas. Cada página era un paso más hacia la libertad y cada palabra su armadura ante la injusticia. El camino hacia la igualdad no fue fácil. Cada paso conllevaba una lluvia de burlas y críticas.

Ella, ridiculizada por su audacia, ignorada por su género, subestimada por su juventud. Pero para la palitroca, cada obstáculo y cada golpe recibido eran el alimento que necesitaba para demostrar su valía, el combustible para seguir hacia delante, convirtiéndose, años más tarde, en un faro de esperanza para las mujeres del pueblo

Ellas, cuyas manos sufridas por el duro trabajo físico por mantenerse vivas en alma y en espíritu, cargaron ese oscuro y nublado día de febrero a sus pedacitos inocentes para protegerlos de la ira y del odio de los mandantes de la época. Ellas, testigos directos de esa devastadora tormenta humana cuyos cuerpos se ensuciaron, cuyas casas vieron destrozadas, cuyos sueños se perdieron y se vieron rotos en minutos, enfrentaron ese desafío inesperado con coraje y resiliencia.

Ellas. Se levantaron como rayo de esperanza uniendo sus corazones en un único latido al de esos hombres desapercibidos y buenos que aún quedaban. Juntos, levantaron los escombros y reconstruyeron sus sueños, reconociendo que la verdadera fuerza reside en la unidad y en la solidaridad. Mujeres y hombres mostraron en el pueblo la capacidad de cambiar el mundo. La desgracia trajo consigo un cambio: la igualdad empezó a ser más que un sueño, una realidad palpable.

Ellas. Las que se unieron a alzar la voz y a reclamar su lugar en el mundo. Las que, juntas, tejieron una red de solidaridad y de empoderamiento que desafió las cadenas del machismo y la desigualdad. Las que formaron un vínculo irrompible que mantendrían vivo sus hijas, nietas y bisnietas.

Ella. La que, en calma, después de la tormenta, empezó a ver el horizonte con una mirada apagada por el sufrimiento, pero iluminada por la esperanza. Ella, cuya alma florece entre los campos de trigo recordando que el verdadero poder reside en la capacidad de superar las adversidades y de encontrar la belleza en la oscuridad, y que las grietas que dejan el machismo serán selladas siempre por esas mujeres que aún luchan por ser vistas y valoradas como seres humanos más allá de su género.

Ella. Mi abuela.

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