Yo sanando, tú ahogando
Si pica, si duele, si escuece, si te hace estremecer. No es ahí. No ha de doler ni molestar. Solo se ha de sentir y no de la manera en que lo estaba haciendo. A mí sí me picaba, sí me dolía.
Me pregunté mil y una veces por qué no sanaban mis heridas, y es que me di cuenta que el problema eras tú. Tú eras el alcohol que las abría, que las hacía escocer, que las hacía llorar. Tú eras las zarzas en las que sin quererlo caía o aquellas en las que me arriesgaba a dejarme ir porque pensaba que valía la pena intentarlo y creer en ti. Se suponía que no me harías daño ni dejarías que me hiciese daño. Qué incrédula.
Sin embargo, mis heridas no sanaban porque tú me hacías nuevas.
Comprendí que no todos somos aquello que nos prometemos ser ni mucho menos aquello que te comprometiste a ser.
Solo somos. Nosotros. Tú fuiste tú y yo fui yo, pero con la diferencia de que mientras yo reseguía con el índice tus cicatrices con amor, mientras yo aplaudía tus victorias y lloraba una y cada una de las noches intentando recordar en qué parte del camino te quedaste, en qué punto de la historia quien yo conocía pasó a ser otro. De querer llevarme al cielo a dejarme en el suelo llorando.
Mientras yo vivía por y para ti, tú a la vez me clavabas puñales por la espalda. Mientras yo recorría cielo, mar y tierra, tú no cogías ni la puñetera Renfe.
Porque de nuevo, me di cuenta de que eras esa maldita rosa egoísta, bonita, llena de verdades a medias y promesas sin cumplir que se acumulan en el baúl. Y yo, de nuevo, el principito que ilusamente la regaba, no haciendo así más fuerte su relación como creía, sino más fuertes las espinas que me clavaste sin piedad. Estas, al igual que las promesas, se acumulan y con el peso se hunden hasta tocar el único corazón que te ha querido de verdad. Con todo y con nada a la vez.
Yo fui o mi corazón fue eso que tan poco te importó trastear como un simple títere y pasamos a ser uno más para tu colección de los sueños rotos. ¿No es así?
Pero bueno, ya es tarde para todo eso.
Supongo que debería de haberme apartado para que hoy no tenga que contar esto a Andrea, Júlia, Belén y Teresa. Porque sí, al final me llevaste al cielo y cogí de recuerdo las estrellas que me rodean; cada noche les susurro mi nombre a cada una de ellas para que yo no caiga en el olvido, para no pasar a ser un número más en la lista.
Debería de haber entendido que el amor de verdad no era así. No dolía, no escocía ni mucho menos te dejaba sin aliento. A mí me dejó sin aliento y hoy te cuento a ti, querida espectadora, que hay guerras que no te pertenecen.